Game over. 2010. 70x100.
6/5/10
5/5/10
Monfragüe
Serie realizada entre 1995 y 1997. Debe su nombre a un Parque Natural de Extremadura.
Pobre avestruz asexuado que esconde la cabeza en la tierra para no ver, para no reconocer, para no asumir.
Pobre avestruz que descubre el deseo. Sexualidad que te apoderas y juegas con un cuerpo deseoso de placer, deseoso de entender….
Navegar entre dos mundos en apariencia incompatibles (oculto ambiente frente a la cotidianidad). Temor al naufragio. Aferrarse a la tierra. Construcción de un escondite protector en busca de una ficticia comodidad-seguridad. Armario que surges de la no asimilación. Oscuro escondite de invisibilidad, encierro y aislamiento. Lienzo como campo a labrar. Tierra firme sobre la que asentarse; tierra que amar y que se va transformando en cuerpo. Cuerpo empapado de la conflictividad que la ocultación conlleva.
Cuerpo cargado de dolor, soledad y silencio,… pero también impregnado de complicidad, exclusividad y placer. Cuerpos de diferencias. Encuentros de semejanzas.


Melancolía, sexo, sueños : elementos empapados por su color ocre.
Oscuros materiales que traspasan la esencia de la razón, que están ahí; silenciosos, observando al espectador y envolviéndolos en su halo de inquietante duda...
Elementos vivos, comunicantes y mudos a la vez; pigmentados por una historia, quizás; por un eslabón sugerente, por un símbolo entre lo telúrico y lo espiritual, o combinación de ambas, tratando de trasladar ideas humanas y sentimientos en sueños de placer, pero bañados por cierta onda fría, húmeda, ciega, de una oscuridad abierta a sensaciones.
...Solamente dejo que mi cuerpo intercambie ese lenguaje, y permita elaborar reacciones químicas que me produzcan placer."
GABRIEL CORTINA.
Introducción al entendimiento (III)
4. Entender en grupo.
¡Que no!, que entender en grupo no significa una reunión de gays hablando de hombres como quien habla de tuper-ware; ni la superorgía que pueda realizar un grupo de lesbianas,… Me refiero a la toma de conciencia de pertenencia a un grupo con el que compartes una característica específica como es el deseo sexual.
Los homosexuales no son un sujeto específico que existió en cualquier época y lugar, sino una forma de disfrutar de la sexualidad que comenzó a ser posible con la extensión del capitalismo y su repercusión en la vida familiar: “son los cambios en la familia los que están más directamente vinculados a la emergencia de una vida gay colectiva." (12)
En el período feudal, la importancia de la familia en la vida de los individuos era fundamental. Las familias eran la clave del bienestar futuro. La felicidad personal y el éxito dependían de la cooperación entre los miembros de la familia, en tanto el trabajo familiar era el que proveía lo necesario para la vida. Entre los campesinos la familia existía como una necesidad, como una unidad productiva con una división interna -sexual- del trabajo. En este contexto, no podía existir un individuo independiente de la familia como unidad de producción.
Desde el siglo XVI al XIX, Europa sufrió una transformación, de ser una sociedad agraria pasó a un sistema urbano-industrial. Las personas que en algún momento producían sus propios alimentos y vestimenta, así como sus propios hogares, gradualmente se convirtieron en trabajadores asalariados que vendían su fuerza de trabajo en el mercado. Aquellos que una vez habían estado limitados a la aldea rural ahora eran habitantes urbanos. Estos cambios tuvieron una fuerte influencia sobre la familia. El capitalismo había destruido la autosuficiencia económica de la familia, pero no la dependencia mutua de sus miembros (los bienes de consumo, aún no se habían socializado, no se habían convertido en mercancías, de modo que las mujeres todavía realizaban trabajos en sus hogares). La familia adquirió un nuevo significado como unidad afectiva, como una institución que no proveía bienes, sino que tenía importancia emocional. La familia llegó a ser el lugar de la "vida personal" (diferente y desconectada del mundo público del trabajo y la producción).
En tanto el trabajo asalariado se extendió y la producción se socializó, llegó a ser posible separar a la sexualidad del imperativo de procrear. Al eliminar la independencia económica de las unidades familiares, el capitalismo creó las condiciones que permitieron a algunos hombres y mujeres organizar una vida personal en torno a su atracción erótico/emocional hacia su mismo sexo. De este modo surgieron comunidades urbanas de gays y lesbianas, basadas en la identidad sexual. (13)
5. Identidad gay. (14)
El surgimiento de una identidad gay no es posible si no se asocia el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo con un tipo de individuo con determinada personalidad, desarrollándose unas redes sociales de gran escala fundadas en el interés o preferencia sexual de sus miembros.
En el momento que surge un agrupamiento, un colectivo, éste necesita dotarse de una definición de identidad. El primer objetivo del colectivo gay y lésbico fue “arrebatar la sexualidad y las identidades sexuales de los campos de conocimiento que así las habían definido (la biología, la psicología/psiquiatría y la medicina) para llevar la sexualidad al terreno de lo social y, dado que lo social está atravesado por el poder, al terreno de lo político” (15) .
Surge el asociacionismo gay y lésbico y con él la reivindicación en busca de derechos, en busca de un reconocimiento social.
En el momento que una conducta desviada se convierte en identidad, el error o fallo social cambia de lugar. El homosexual deja de padecer enfermedad alguna y es la sociedad la que puede llegar a ser patológica. Surge el concepto de “homofobia” como un término de lo que sería un comportamiento “políticamente incorrecto” (auque numeroso) para una sociedad sana. Oficialmente el problema ya no pertenece al homosexual sino a aquella parte de la sociedad que no acepta esta nueva identidad.
La definición de una identidad sexual nos ha acarreado grandes logros sociales. No obstante, como toda definición en sí misma, ha implicado una operación de cierre o sutura de la indeterminación que la envuelve. Toda política de la identidad implica una operación de exclusión. Tal ha sido así que parecía que el movimiento de liberación sexual lo constituían solamente varones homosexuales, blancos, treintañeros, de clase media alta, sanos, materialistas…. Todos iguales… superdivinos… en Chueca. Pero ¿y las bolleras, las maricas, los sados, los seropositivos, los transexuales, los no-blancos…? ¿Es nuestra exclusión el precio a pagar para obtener la aceptación social? ¿Qué fue del espíritu revolucionario de Stonewall?
6. Lo queer o la no identidad.
Queer significa raro, extraño, curioso; como sustantivo significa maricón, bollera, homosexual, gay, aunque por extensión designa todo lo que sexualmente no es normativo (desde l@s trabajador@s sexuales a los sadomasoquistas) y ha pasado de ser un insulto a ser una seña, paradójicamente, de identidad desidentitaria.
El movimiento queer apareció a principios de los 90 en el seno de la comunidad gay y lesbiana de los EE.UU. Decidió autodenominarse con este término despectivo (16) para diferenciarse (establecer una distancia política) de las iniciativas que buscaban la construcción de una identidad estable (una normalización) para los gays y lesbianas. La cultura queer plantea una posición crítica con respecto a los efectos normativos de toda formación identitaria, no sólo la sexual sino también las referidas a la raza o a la clase.
Se trata de un movimiento postidentitario, “pero que ante una situación de opresión concreta decide poner en marcha estrategias hiperidentitarias que hagan visible la posición de ciertas minorías. Pero siempre desde la conciencia de que la configuración de esa hiperidentidad no es fruto de un proceso natural sino algo construido que además puede generar exclusión… Por ello no tratan de crear espacios de dualidad y dicotomía (en los que el enemigo y el objetivo a alcanzar está claro) sino de aplicar un análisis transversal y cruzado que complica mucho las estrategias políticas a desarrollar pero dotan a su acción discursiva de una gran complejidad teórica y de un enorme potencial subversivo” . (17)
Todo proceso de desnaturalización acarrea una serie de renuncias: “desnaturalizar la identidad sexual implica la renuncia a la reivindicación de la normalidad (sin el suelo discursivo que la invocación a la naturaleza proporciona, el binomio normal/patológico pierde su fuerza), la renuncia al intento de escudarse en el espacio de lo fijo e inevitable. Implica sustituir la aspiración a la integración en el orden socio-sexual que acompaña a toda política de normalización. Para reivindicar otro lugar de enunciación, otro discurso” . (18)
Un discurso sobre sexualidad en el que las minorías sexuales han dejado de ser el objeto estudiado, el “otro”, para convertirse -por primera vez- en el sujeto de la enunciación.
“Nunca había entendido el concepto de diversidad hasta que fui consciente de la abrumadora cantidad de identidades que nos rodean y de cómo mi propia identidad no encuentra definición posible con unos términos y clasificaciones caducos. Los sigo usando, por cuestión práctica y política, pero no son suficientes para explicar quién soy. Somos millones de personas para tan pocas casillas: hombre o mujer. Homosexual, bisexual o lesbiana. En mi interpretación queer no pretendo eliminar las categorías que hay, eso es restar, sino construir otras o defender el derecho a no tener que encasillarse en ninguna. Lo único claro que tengo es que esto es un juego y nosotros somos las piezas. Y nos vamos dejando la vida en él. ...” (19)
12.D’Emilio, John. op. cit. pág. 5.
13.La posesión de una identidad, a nivel formativo, es más que necesaria. Sirva de ejemplo las siguientes pinceladas pertenecientes a una investigación que realicé sobre Adolescencia y Homosexualidad:
Durante la adolescencia aún se está en el proceso de desarrollo de la identidad, proceso dentro del cual también se encuentra el desarrollo de la identidad sexual...
No es fácil descubrir que se es gay. Nuestra sociedad muestra claramente lo que piensa de las personas gay. Todos hemos escuchado chistes terribles, los estereotipos hirientes y las ideas equivocadas que circulan acerca de las personas gay. La gente tiende a odiar o temer lo que no comprende. Algunas personas odian a los gays y lesbianas. Muchas personas se sienten incómodas con lesbianas y gays...
Para la mayoría de los adolescentes que descubre sus sentimientos y atracciones hacia el mismo sexo la experiencia más profunda de todas es la de sentirse aislado, creyendo que seguramente es la única persona así...
No es extraño que un adolescente gay elija esconder sus sentimientos frente a los otros, sin embargo es importante tener en cuenta que incluso puede sentirse tentado a esconderlos de si mismo...
La homosexualidad en sí no provoca anormalidades psicológicas. En cambio, el vivir bajo la presión de tener que fingir que no se es homosexual si puede costar mucho en términos de amor propio, y hasta puede causar serios daños psicológicos...
Los gays adolescentes viven inmersos en un mundo que les niega su realidad. Lo que ellos sienten en su interior carece de reflejo o referente en la información que reciben del exterior. No sólo nadie les ofrece modelos positivos, sino que temen buscarlos por miedo a caer bajo el estigma de “el marica” del instituto. Temen el rechazo de la familia y los amigos que podrían desposeerlos del apoyo afectivo (y económico) que todas las personas necesitamos....
Una particularidad específica de los gays que los diferencia de otras minorías marginadas es que éstas reciben información desde la primera infancia sobre la identidad de su subcultura y de su grupo a través de la familia y entorno inmediato. En el caso de los gays no sucede esto. El silencio sobre su realidad es tan opresivo tanto dentro como fuera de su familia.
14.Cuando se importó el término gay (al menos así lo viví lo yo) y comenzó a generalizarse su uso, su éxito se debió a la unión-sustitución de dos términos en cierto modo antagonistas que intentaban definir un mismo concepto. Por un lado se hallaba “entender”, que era utilizado por los iniciados (y sus colindantes) con una mezcla de orgullo y secreto, como termino de pertenencia (a los entendidos). El otro término era el ya clásico “homosexual” utilizado tanto por el resto de la sociedad como por el mismo “entendido” para definirse en función de su preferencia sexual ante la sociedad.
15.Córdoba García, David. Identidad sexual y performatividad. 2003. Athenea Digital, 4, 87-96. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num4/cordoba.pdf .
16.Por desgracia en España, ni aún con buenos conocimientos de la lingüística inglesa, podrá adquirir los mismos matices de significados e intenciones. Personalmente, aunque me produzca cierta incomodidad, preferiría usar el término “marica” como hiciera el hoy desaparecido colectivo “La Radical Gay” en su revista: “Planeta Marica”.
17.Preciado, Beatriz. op.cit.
18.Córdoba García, David. op.cit.
19.Hernández Ojeda, Carmen. ¿Qué es eso de la teoría queer?.
¡Que no!, que entender en grupo no significa una reunión de gays hablando de hombres como quien habla de tuper-ware; ni la superorgía que pueda realizar un grupo de lesbianas,… Me refiero a la toma de conciencia de pertenencia a un grupo con el que compartes una característica específica como es el deseo sexual.
Los homosexuales no son un sujeto específico que existió en cualquier época y lugar, sino una forma de disfrutar de la sexualidad que comenzó a ser posible con la extensión del capitalismo y su repercusión en la vida familiar: “son los cambios en la familia los que están más directamente vinculados a la emergencia de una vida gay colectiva." (12)
En el período feudal, la importancia de la familia en la vida de los individuos era fundamental. Las familias eran la clave del bienestar futuro. La felicidad personal y el éxito dependían de la cooperación entre los miembros de la familia, en tanto el trabajo familiar era el que proveía lo necesario para la vida. Entre los campesinos la familia existía como una necesidad, como una unidad productiva con una división interna -sexual- del trabajo. En este contexto, no podía existir un individuo independiente de la familia como unidad de producción.
Desde el siglo XVI al XIX, Europa sufrió una transformación, de ser una sociedad agraria pasó a un sistema urbano-industrial. Las personas que en algún momento producían sus propios alimentos y vestimenta, así como sus propios hogares, gradualmente se convirtieron en trabajadores asalariados que vendían su fuerza de trabajo en el mercado. Aquellos que una vez habían estado limitados a la aldea rural ahora eran habitantes urbanos. Estos cambios tuvieron una fuerte influencia sobre la familia. El capitalismo había destruido la autosuficiencia económica de la familia, pero no la dependencia mutua de sus miembros (los bienes de consumo, aún no se habían socializado, no se habían convertido en mercancías, de modo que las mujeres todavía realizaban trabajos en sus hogares). La familia adquirió un nuevo significado como unidad afectiva, como una institución que no proveía bienes, sino que tenía importancia emocional. La familia llegó a ser el lugar de la "vida personal" (diferente y desconectada del mundo público del trabajo y la producción).
En tanto el trabajo asalariado se extendió y la producción se socializó, llegó a ser posible separar a la sexualidad del imperativo de procrear. Al eliminar la independencia económica de las unidades familiares, el capitalismo creó las condiciones que permitieron a algunos hombres y mujeres organizar una vida personal en torno a su atracción erótico/emocional hacia su mismo sexo. De este modo surgieron comunidades urbanas de gays y lesbianas, basadas en la identidad sexual. (13)
5. Identidad gay. (14)
El surgimiento de una identidad gay no es posible si no se asocia el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo con un tipo de individuo con determinada personalidad, desarrollándose unas redes sociales de gran escala fundadas en el interés o preferencia sexual de sus miembros.
En el momento que surge un agrupamiento, un colectivo, éste necesita dotarse de una definición de identidad. El primer objetivo del colectivo gay y lésbico fue “arrebatar la sexualidad y las identidades sexuales de los campos de conocimiento que así las habían definido (la biología, la psicología/psiquiatría y la medicina) para llevar la sexualidad al terreno de lo social y, dado que lo social está atravesado por el poder, al terreno de lo político” (15) .
Surge el asociacionismo gay y lésbico y con él la reivindicación en busca de derechos, en busca de un reconocimiento social.
En el momento que una conducta desviada se convierte en identidad, el error o fallo social cambia de lugar. El homosexual deja de padecer enfermedad alguna y es la sociedad la que puede llegar a ser patológica. Surge el concepto de “homofobia” como un término de lo que sería un comportamiento “políticamente incorrecto” (auque numeroso) para una sociedad sana. Oficialmente el problema ya no pertenece al homosexual sino a aquella parte de la sociedad que no acepta esta nueva identidad.
La definición de una identidad sexual nos ha acarreado grandes logros sociales. No obstante, como toda definición en sí misma, ha implicado una operación de cierre o sutura de la indeterminación que la envuelve. Toda política de la identidad implica una operación de exclusión. Tal ha sido así que parecía que el movimiento de liberación sexual lo constituían solamente varones homosexuales, blancos, treintañeros, de clase media alta, sanos, materialistas…. Todos iguales… superdivinos… en Chueca. Pero ¿y las bolleras, las maricas, los sados, los seropositivos, los transexuales, los no-blancos…? ¿Es nuestra exclusión el precio a pagar para obtener la aceptación social? ¿Qué fue del espíritu revolucionario de Stonewall?
6. Lo queer o la no identidad.
Queer significa raro, extraño, curioso; como sustantivo significa maricón, bollera, homosexual, gay, aunque por extensión designa todo lo que sexualmente no es normativo (desde l@s trabajador@s sexuales a los sadomasoquistas) y ha pasado de ser un insulto a ser una seña, paradójicamente, de identidad desidentitaria.
El movimiento queer apareció a principios de los 90 en el seno de la comunidad gay y lesbiana de los EE.UU. Decidió autodenominarse con este término despectivo (16) para diferenciarse (establecer una distancia política) de las iniciativas que buscaban la construcción de una identidad estable (una normalización) para los gays y lesbianas. La cultura queer plantea una posición crítica con respecto a los efectos normativos de toda formación identitaria, no sólo la sexual sino también las referidas a la raza o a la clase.
Se trata de un movimiento postidentitario, “pero que ante una situación de opresión concreta decide poner en marcha estrategias hiperidentitarias que hagan visible la posición de ciertas minorías. Pero siempre desde la conciencia de que la configuración de esa hiperidentidad no es fruto de un proceso natural sino algo construido que además puede generar exclusión… Por ello no tratan de crear espacios de dualidad y dicotomía (en los que el enemigo y el objetivo a alcanzar está claro) sino de aplicar un análisis transversal y cruzado que complica mucho las estrategias políticas a desarrollar pero dotan a su acción discursiva de una gran complejidad teórica y de un enorme potencial subversivo” . (17)
Todo proceso de desnaturalización acarrea una serie de renuncias: “desnaturalizar la identidad sexual implica la renuncia a la reivindicación de la normalidad (sin el suelo discursivo que la invocación a la naturaleza proporciona, el binomio normal/patológico pierde su fuerza), la renuncia al intento de escudarse en el espacio de lo fijo e inevitable. Implica sustituir la aspiración a la integración en el orden socio-sexual que acompaña a toda política de normalización. Para reivindicar otro lugar de enunciación, otro discurso” . (18)
Un discurso sobre sexualidad en el que las minorías sexuales han dejado de ser el objeto estudiado, el “otro”, para convertirse -por primera vez- en el sujeto de la enunciación.
“Nunca había entendido el concepto de diversidad hasta que fui consciente de la abrumadora cantidad de identidades que nos rodean y de cómo mi propia identidad no encuentra definición posible con unos términos y clasificaciones caducos. Los sigo usando, por cuestión práctica y política, pero no son suficientes para explicar quién soy. Somos millones de personas para tan pocas casillas: hombre o mujer. Homosexual, bisexual o lesbiana. En mi interpretación queer no pretendo eliminar las categorías que hay, eso es restar, sino construir otras o defender el derecho a no tener que encasillarse en ninguna. Lo único claro que tengo es que esto es un juego y nosotros somos las piezas. Y nos vamos dejando la vida en él. ...” (19)
12.D’Emilio, John. op. cit. pág. 5.
13.La posesión de una identidad, a nivel formativo, es más que necesaria. Sirva de ejemplo las siguientes pinceladas pertenecientes a una investigación que realicé sobre Adolescencia y Homosexualidad:
Durante la adolescencia aún se está en el proceso de desarrollo de la identidad, proceso dentro del cual también se encuentra el desarrollo de la identidad sexual...
No es fácil descubrir que se es gay. Nuestra sociedad muestra claramente lo que piensa de las personas gay. Todos hemos escuchado chistes terribles, los estereotipos hirientes y las ideas equivocadas que circulan acerca de las personas gay. La gente tiende a odiar o temer lo que no comprende. Algunas personas odian a los gays y lesbianas. Muchas personas se sienten incómodas con lesbianas y gays...
Para la mayoría de los adolescentes que descubre sus sentimientos y atracciones hacia el mismo sexo la experiencia más profunda de todas es la de sentirse aislado, creyendo que seguramente es la única persona así...
No es extraño que un adolescente gay elija esconder sus sentimientos frente a los otros, sin embargo es importante tener en cuenta que incluso puede sentirse tentado a esconderlos de si mismo...
La homosexualidad en sí no provoca anormalidades psicológicas. En cambio, el vivir bajo la presión de tener que fingir que no se es homosexual si puede costar mucho en términos de amor propio, y hasta puede causar serios daños psicológicos...
Los gays adolescentes viven inmersos en un mundo que les niega su realidad. Lo que ellos sienten en su interior carece de reflejo o referente en la información que reciben del exterior. No sólo nadie les ofrece modelos positivos, sino que temen buscarlos por miedo a caer bajo el estigma de “el marica” del instituto. Temen el rechazo de la familia y los amigos que podrían desposeerlos del apoyo afectivo (y económico) que todas las personas necesitamos....
Una particularidad específica de los gays que los diferencia de otras minorías marginadas es que éstas reciben información desde la primera infancia sobre la identidad de su subcultura y de su grupo a través de la familia y entorno inmediato. En el caso de los gays no sucede esto. El silencio sobre su realidad es tan opresivo tanto dentro como fuera de su familia.
14.Cuando se importó el término gay (al menos así lo viví lo yo) y comenzó a generalizarse su uso, su éxito se debió a la unión-sustitución de dos términos en cierto modo antagonistas que intentaban definir un mismo concepto. Por un lado se hallaba “entender”, que era utilizado por los iniciados (y sus colindantes) con una mezcla de orgullo y secreto, como termino de pertenencia (a los entendidos). El otro término era el ya clásico “homosexual” utilizado tanto por el resto de la sociedad como por el mismo “entendido” para definirse en función de su preferencia sexual ante la sociedad.
15.Córdoba García, David. Identidad sexual y performatividad. 2003. Athenea Digital, 4, 87-96. Disponible en http://antalya.uab.es/athenea/num4/cordoba.pdf .
16.Por desgracia en España, ni aún con buenos conocimientos de la lingüística inglesa, podrá adquirir los mismos matices de significados e intenciones. Personalmente, aunque me produzca cierta incomodidad, preferiría usar el término “marica” como hiciera el hoy desaparecido colectivo “La Radical Gay” en su revista: “Planeta Marica”.
17.Preciado, Beatriz. op.cit.
18.Córdoba García, David. op.cit.
19.Hernández Ojeda, Carmen. ¿Qué es eso de la teoría queer?.
6/11/09
Naturaleza muerta
Lecheras. 2002. 30x61cm.
Contraluz. 2002. 61x61cm.
Copas de Champagne. Taza de cristal.. 2002. 17x35cm.
Introducción al entendimiento (II)
1. Relaciones no homosexuales entre personas del mismo sexo.
No podemos utilizar los términos "lesbiana" o "gay", "homosexual" y "heterosexual", como si fueran de referencia o significado universal.
Debemos dejar de pensar en la civilización griega como “chuequilandia”. Por más que nos guste soñar, no se trataba de un paraíso gay pues, entre otras cosas, no existían los gays. Ni siquiera la Santa Inquisición (con toda la maldad que rebosaba en nombre de un Dios misericordioso –paradojas de la vida-) persiguió la homosexualidad, pues simplemente no podía perseguir aquello que no existía. La homosexualidad, tal cual hoy la pensamos, no existió en otras sociedades.
Durante la Edad Media, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo se consideraban acciones pecaminosas que cualquiera, potencialmente, podía realizar, y no existía una categoría de personas especialmente inclinadas a ello. Las relaciones entre personas del mismo sexo eran vistas como peligros para la familia en tanto unidad de producción.
La sodomía hace referencia a los actos sexuales con personas del mismo sexo, pero no a individuos con identidad homosexual o que exclusivamente practican actividad sexual con otro individuo del mismo sexo. El mundo de la sodomía no estaba pues alejando del mundo de la norma (heterosexual), no era algo diferente sino más bien un complemento de ésta.
La sodomía “era una forma de comportamiento salvaje en relación al sexo, una capacidad que todos compartían… No era una sexualidad en sí misma, sino que existía como un potencial de confusión y desorden en una sexualidad indivisa” (1). En tanto la sodomía tenía estas características era objeto de denuncias horrorosas, pero no por su distancia del comportamiento que hoy denominaríamos heterosexual, sino de la misma manera en que se castigaría cualquier tipo de actividad sexual no reproductiva (la masturbación, la satisfacción sexual de un hombre al abrazar a una mujer,…). "La barrera entre el comportamiento heterosexual y homosexual... en la práctica era vaga e imprecisa" (2) . La sodomía aparece pues como un "pecado de la carne", junto con los delitos contra la castidad tales como el incesto y el adulterio: "...el hombre casado que haya tenido este tipo de desviación una o dos veces, cumplirá diez años de penitencia, el primero a pan y agua; si se ha convertido en costumbre, doce años; si ha sido cometido con el hermano, quince años" (3).
Cualquier persona podía cometer este pecado, no existían individuos con determinada personalidad especialmente proclives a este deseo en particular. Esto implica que las relaciones entre personas del mismo sexo no se ven como conductas que tienen consecuencias en la vida del individuo en general, más allá de lo sexual. La actividad sexual, era una actividad pecaminosa, pero se hallaba desvinculada del resto de la actividad humana, no la determinaba.
2. Surgimiento de la homosexualidad
Desde el siglo XVIII se insinúa un cambio en cuanto a como se pensaran los comportamientos sexuales no reproductivos. “Se le estaba quitando a la sodomía el estrecho corsé teológico-moral en el que había sido encerrada… lo que no significó ni una nueva comprensión del fenómeno en términos más liberales, ni el anuncio del final de la represión: la sodomía fue simplemente integrada de otra manera, más fina y diferenciada, en el discurso de los poderes sobre el sexo" (4) .
Hacia mediados del siglo XIX, cuando la medicina, la psiquiatría y la psicología empiezan a constituirse como disciplinas independientes que cobran fuerza en detrimiento de otros saberes y disciplinas, se produce una categorización de los comportamientos sexuales en la cual todos los comportamientos no-reproductivos son vistos como problemas físicos o mentales y ya no serán pecados como lo habían sido hasta entonces.
Se establece una asociación entre conducta sexual y conducta no sexual -donde la primera determina a la segunda-. Todas las caracterizaciones que se establecieron de las conductas sexuales mostraban un tipo particular de relación entre la sexualidad y el resto de la vida del individuo. Tal conducta "desviada" tendría tales consecuencias comportamentales, también "desviadas", y tales consecuencias sociales: "... lo que el individuo hacía ahora (cuando practicaba una conducta sexual "desviada") era algo más que infringir las leyes divinas; también determinaba qué tipo de individuo era. El deseo era una fuerza poderosa, existente antes del individuo, capaz de destrozar su débil organismo con fantasías y distracciones que amenazaban su individualidad y su sano juicio. De ahí nació una fuerte tradición de ver en los inocuos goces de la masturbación la causa de defectos de carácter que iban desde la debilidad mental y la homosexualidad, a la pereza e incompetencia financiera, y, por lo tanto, al desorden social." (5)
Esta determinación de la vida del ser humano por su conducta sexual se manifestaba en cada una de las conductas "aberrantes". La homosexualidad no constituyó una excepción:
"La sodomía -la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que un sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que el es escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyace en todas sus conductas puesto que constituye un principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular.[...] El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.” (6)
3. Y entonces llegó el género.
Hasta el siglo XVII existía un sólo sexo, el masculino, con una variable débil y decadente que se asociaría a la feminidad. Esta certeza era fruto de los estudios médicos de la época que creían en la existencia de una especie de órgano sexual universal que se representaba en forma U (derivando en masculino si estaba para afuera y en femenino si se encontraba hacia adentro). "Hasta entonces, el criterio que determinaba la feminidad o la masculinidad de una persona era la capacidad reproductiva y no se consideraba importante la morfología de los genitales" (7).
No existe un concepto moderno del sexo hasta que en el siglo XVIII la representación médica de la anatomía sexual produce la diferencia sexual entre el hombre y la mujer, de forma que la mujer, que hasta entonces no existía sino en relación con el hombre (como una ‘copia imperfecta’del mismo) adquiere a través del sexo una identidad propia.
Los psicoanalistas y psiquiatras, necesitaban no obstante un nuevo término para diferenciar el sexo físico del sexo psicológico: “Género es un término que tiene connotaciones psicológicas y culturales más que biológicas; si los términos adecuados para el sexo son varón y hembra, los correspondientes al género son masculino y femenino y estos últimos pueden ser bastante independientes del sexo biológico.” (8) El género surge, por tanto, al igual que el sexo, como una categoría dual, que sólo incluye hombres y mujeres.
Posteriormente el término género adquirirá un carácter sociológico con implicaciones muy diferentes al significado psicológico, llamando la atención sobre los aspectos socialmente construidos de las diferencias entre hombre y mujer.
Si partimos del supuesto que la socialización/educación es la que determina la identidad sexual, podemos entender “el concepto género como los roles y prescripciones asociadas, que las diferentes sociedades y culturas atribuyen a las mujeres y los hombres. Por ello, el sexo es independiente del género y que son la sociedad y la cultura las que lo determinan a través de la educación.” (9)
A un niño recién nacido no sólo se le clasifica inmediatamente según su sexo (‘es un niño’, ‘es una niña’ es la primera información que tenemos del neonato), sino que también se le asigna un género que va a condicionar su vida futura y va a poner de manifiesto la educación diferenciada que reciben hombres y mujeres. A partir de ahí, “incluso el más banal de los símbolos (la ropa) los diferencia: a las niñas se las viste de rosa (color asociado en nuestra cultura a los afectos) y a los niños de azul (asociado al trabajo)” (10). Son las actitudes de los mayores hacia el bebé las que van formando su identidad de género como un proceso de aprendizaje. Este proceso de socialización (enseñanza y aprendizaje de situaciones que identifican e integran a la gente dentro de los ‘roles’ de género asignados), se da, básicamente, en pequeños grupos como la familia o la escuela, pero los modelos para la socialización son dados por la cultura. Así, mucho de lo que las personas piensan que forma parte de un comportamiento, intrínsecamente, masculino o femenino está histórica, social y culturalmente construido: “los dispositivos institucionales de poder de la modernidad (desde la medicina al sistema educativo, pasando por las instituciones jurídicas o la industria cultural) han trabajado unánimemente en la construcción de un régimen específico de construcción de la diferencia sexual y de género. Un régimen en el que la normalidad (lo natural) estaría representado por lo masculino y lo femenino, mientras otras identidades sexuales (transgéneros, transexuales, discapacitados,...) no serían más que la excepción, el error o el fallo, monstruoso que confirma la regla” (11).
Tenemos ya pues las convenciones y/o significados con los que el orden social sustenta la identidad humana, ordenada en tres niveles (a base de estereotipos o modelos artificiales para cada uno de ellos) : en primer lugar el que se relaciona con el sexo biológico, más fácil de definir porque se centra en lo estrictamente físico, en los genitales, en nuestras capacidades reproductoras (hombre o mujer) ; en segundo, el que lo hace con el género psicológico y social (masculino o femenino); en tercer lugar, el que se vincula con la orientación del deseo sexual (heterosexual, homosexual, bisexual).
Generalmente estos tres niveles se identifican y se confunden. Sin embargo, no existe una relación unívoca entre los tres aspectos mencionados.
4. Carrasco, Rafael. Inquisición y Represión sexual en Valencia. Historia de los Sodomitas (1565-1785). Alertes. Barcelona. 1985. Pág. 84.
5. Weeks, Jeffrey. El malestar de la sexualidad. Significados, mitos y sexualidades modernas . Talasa ediciones. Madrid.1993 [orig. 1985]. Pág. 115.
6. Foucault, Michel.. Historia de la sexualidad. Volumen I. Siglo XXI. Buenos Aires. 1977. Pág. 56-57.
7. Preciado, Beatriz. Durante la dirección y participación en el Seminario llevado a cabo en Sevilla sobre: Retóricas del Género / Políticas De Identidad: Performance, Performatividad Y Prótesis. Referencias en www.uia.es/artpen/estetica/estetica01/frame.html.
8. Stoller, Robert. Sex and Gender. New York :Science House. 1968.
9 .Oackley, Ann. La mujer discriminada. Biología y Sociedad. (Traducción de Sex, Gender and Society, 1972) Editorial Debate. Madrid. 1977.
10.Diego, Estrella de. El Andrógino Sexuado. Visor. Madrid. 1992.
11.Preciado, Beatriz. op.cit.
No podemos utilizar los términos "lesbiana" o "gay", "homosexual" y "heterosexual", como si fueran de referencia o significado universal.
Debemos dejar de pensar en la civilización griega como “chuequilandia”. Por más que nos guste soñar, no se trataba de un paraíso gay pues, entre otras cosas, no existían los gays. Ni siquiera la Santa Inquisición (con toda la maldad que rebosaba en nombre de un Dios misericordioso –paradojas de la vida-) persiguió la homosexualidad, pues simplemente no podía perseguir aquello que no existía. La homosexualidad, tal cual hoy la pensamos, no existió en otras sociedades.
Durante la Edad Media, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo se consideraban acciones pecaminosas que cualquiera, potencialmente, podía realizar, y no existía una categoría de personas especialmente inclinadas a ello. Las relaciones entre personas del mismo sexo eran vistas como peligros para la familia en tanto unidad de producción.
La sodomía hace referencia a los actos sexuales con personas del mismo sexo, pero no a individuos con identidad homosexual o que exclusivamente practican actividad sexual con otro individuo del mismo sexo. El mundo de la sodomía no estaba pues alejando del mundo de la norma (heterosexual), no era algo diferente sino más bien un complemento de ésta.
La sodomía “era una forma de comportamiento salvaje en relación al sexo, una capacidad que todos compartían… No era una sexualidad en sí misma, sino que existía como un potencial de confusión y desorden en una sexualidad indivisa” (1). En tanto la sodomía tenía estas características era objeto de denuncias horrorosas, pero no por su distancia del comportamiento que hoy denominaríamos heterosexual, sino de la misma manera en que se castigaría cualquier tipo de actividad sexual no reproductiva (la masturbación, la satisfacción sexual de un hombre al abrazar a una mujer,…). "La barrera entre el comportamiento heterosexual y homosexual... en la práctica era vaga e imprecisa" (2) . La sodomía aparece pues como un "pecado de la carne", junto con los delitos contra la castidad tales como el incesto y el adulterio: "...el hombre casado que haya tenido este tipo de desviación una o dos veces, cumplirá diez años de penitencia, el primero a pan y agua; si se ha convertido en costumbre, doce años; si ha sido cometido con el hermano, quince años" (3).
Cualquier persona podía cometer este pecado, no existían individuos con determinada personalidad especialmente proclives a este deseo en particular. Esto implica que las relaciones entre personas del mismo sexo no se ven como conductas que tienen consecuencias en la vida del individuo en general, más allá de lo sexual. La actividad sexual, era una actividad pecaminosa, pero se hallaba desvinculada del resto de la actividad humana, no la determinaba.
2. Surgimiento de la homosexualidad
Desde el siglo XVIII se insinúa un cambio en cuanto a como se pensaran los comportamientos sexuales no reproductivos. “Se le estaba quitando a la sodomía el estrecho corsé teológico-moral en el que había sido encerrada… lo que no significó ni una nueva comprensión del fenómeno en términos más liberales, ni el anuncio del final de la represión: la sodomía fue simplemente integrada de otra manera, más fina y diferenciada, en el discurso de los poderes sobre el sexo" (4) .
Hacia mediados del siglo XIX, cuando la medicina, la psiquiatría y la psicología empiezan a constituirse como disciplinas independientes que cobran fuerza en detrimiento de otros saberes y disciplinas, se produce una categorización de los comportamientos sexuales en la cual todos los comportamientos no-reproductivos son vistos como problemas físicos o mentales y ya no serán pecados como lo habían sido hasta entonces.
Se establece una asociación entre conducta sexual y conducta no sexual -donde la primera determina a la segunda-. Todas las caracterizaciones que se establecieron de las conductas sexuales mostraban un tipo particular de relación entre la sexualidad y el resto de la vida del individuo. Tal conducta "desviada" tendría tales consecuencias comportamentales, también "desviadas", y tales consecuencias sociales: "... lo que el individuo hacía ahora (cuando practicaba una conducta sexual "desviada") era algo más que infringir las leyes divinas; también determinaba qué tipo de individuo era. El deseo era una fuerza poderosa, existente antes del individuo, capaz de destrozar su débil organismo con fantasías y distracciones que amenazaban su individualidad y su sano juicio. De ahí nació una fuerte tradición de ver en los inocuos goces de la masturbación la causa de defectos de carácter que iban desde la debilidad mental y la homosexualidad, a la pereza e incompetencia financiera, y, por lo tanto, al desorden social." (5)
Esta determinación de la vida del ser humano por su conducta sexual se manifestaba en cada una de las conductas "aberrantes". La homosexualidad no constituyó una excepción:
"La sodomía -la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que un sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que el es escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyace en todas sus conductas puesto que constituye un principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular.[...] El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.” (6)
3. Y entonces llegó el género.
Hasta el siglo XVII existía un sólo sexo, el masculino, con una variable débil y decadente que se asociaría a la feminidad. Esta certeza era fruto de los estudios médicos de la época que creían en la existencia de una especie de órgano sexual universal que se representaba en forma U (derivando en masculino si estaba para afuera y en femenino si se encontraba hacia adentro). "Hasta entonces, el criterio que determinaba la feminidad o la masculinidad de una persona era la capacidad reproductiva y no se consideraba importante la morfología de los genitales" (7).
No existe un concepto moderno del sexo hasta que en el siglo XVIII la representación médica de la anatomía sexual produce la diferencia sexual entre el hombre y la mujer, de forma que la mujer, que hasta entonces no existía sino en relación con el hombre (como una ‘copia imperfecta’del mismo) adquiere a través del sexo una identidad propia.
Los psicoanalistas y psiquiatras, necesitaban no obstante un nuevo término para diferenciar el sexo físico del sexo psicológico: “Género es un término que tiene connotaciones psicológicas y culturales más que biológicas; si los términos adecuados para el sexo son varón y hembra, los correspondientes al género son masculino y femenino y estos últimos pueden ser bastante independientes del sexo biológico.” (8) El género surge, por tanto, al igual que el sexo, como una categoría dual, que sólo incluye hombres y mujeres.
Posteriormente el término género adquirirá un carácter sociológico con implicaciones muy diferentes al significado psicológico, llamando la atención sobre los aspectos socialmente construidos de las diferencias entre hombre y mujer.
Si partimos del supuesto que la socialización/educación es la que determina la identidad sexual, podemos entender “el concepto género como los roles y prescripciones asociadas, que las diferentes sociedades y culturas atribuyen a las mujeres y los hombres. Por ello, el sexo es independiente del género y que son la sociedad y la cultura las que lo determinan a través de la educación.” (9)
A un niño recién nacido no sólo se le clasifica inmediatamente según su sexo (‘es un niño’, ‘es una niña’ es la primera información que tenemos del neonato), sino que también se le asigna un género que va a condicionar su vida futura y va a poner de manifiesto la educación diferenciada que reciben hombres y mujeres. A partir de ahí, “incluso el más banal de los símbolos (la ropa) los diferencia: a las niñas se las viste de rosa (color asociado en nuestra cultura a los afectos) y a los niños de azul (asociado al trabajo)” (10). Son las actitudes de los mayores hacia el bebé las que van formando su identidad de género como un proceso de aprendizaje. Este proceso de socialización (enseñanza y aprendizaje de situaciones que identifican e integran a la gente dentro de los ‘roles’ de género asignados), se da, básicamente, en pequeños grupos como la familia o la escuela, pero los modelos para la socialización son dados por la cultura. Así, mucho de lo que las personas piensan que forma parte de un comportamiento, intrínsecamente, masculino o femenino está histórica, social y culturalmente construido: “los dispositivos institucionales de poder de la modernidad (desde la medicina al sistema educativo, pasando por las instituciones jurídicas o la industria cultural) han trabajado unánimemente en la construcción de un régimen específico de construcción de la diferencia sexual y de género. Un régimen en el que la normalidad (lo natural) estaría representado por lo masculino y lo femenino, mientras otras identidades sexuales (transgéneros, transexuales, discapacitados,...) no serían más que la excepción, el error o el fallo, monstruoso que confirma la regla” (11).
Tenemos ya pues las convenciones y/o significados con los que el orden social sustenta la identidad humana, ordenada en tres niveles (a base de estereotipos o modelos artificiales para cada uno de ellos) : en primer lugar el que se relaciona con el sexo biológico, más fácil de definir porque se centra en lo estrictamente físico, en los genitales, en nuestras capacidades reproductoras (hombre o mujer) ; en segundo, el que lo hace con el género psicológico y social (masculino o femenino); en tercer lugar, el que se vincula con la orientación del deseo sexual (heterosexual, homosexual, bisexual).
Generalmente estos tres niveles se identifican y se confunden. Sin embargo, no existe una relación unívoca entre los tres aspectos mencionados.
1. D’Emilio, John. Making Trouble. Essays on gay history, politics, and the University. Laertes. New York and London. 1992. pág. 102.
2. D’Emilio, John. op. cit. pág. 102.
3. Pognon, Edmound. La vida cotidiana en el año 1000. Colección Historia. Ediciones Temas de Hoy. Madrid. 1991. Pág. 1472. D’Emilio, John. op. cit. pág. 102.
4. Carrasco, Rafael. Inquisición y Represión sexual en Valencia. Historia de los Sodomitas (1565-1785). Alertes. Barcelona. 1985. Pág. 84.
5. Weeks, Jeffrey. El malestar de la sexualidad. Significados, mitos y sexualidades modernas . Talasa ediciones. Madrid.1993 [orig. 1985]. Pág. 115.
6. Foucault, Michel.. Historia de la sexualidad. Volumen I. Siglo XXI. Buenos Aires. 1977. Pág. 56-57.
7. Preciado, Beatriz. Durante la dirección y participación en el Seminario llevado a cabo en Sevilla sobre: Retóricas del Género / Políticas De Identidad: Performance, Performatividad Y Prótesis. Referencias en www.uia.es/artpen/estetica/estetica01/frame.html.
8. Stoller, Robert. Sex and Gender. New York :Science House. 1968.
9 .Oackley, Ann. La mujer discriminada. Biología y Sociedad. (Traducción de Sex, Gender and Society, 1972) Editorial Debate. Madrid. 1977.
10.Diego, Estrella de. El Andrógino Sexuado. Visor. Madrid. 1992.
11.Preciado, Beatriz. op.cit.
3/11/09
Introducción al entendimiento.
“Entiendes porque entiendes,
aunque pocos lo entiendan.
Tan simple como respirar.
No entiendes los colores,
el rosa o el azul,
los que lo imponen son tu cruz (…)
Y respetar y comprender
algo tan fácil de entender (…)
Y ya esta bien de confundir,
de no entender, ¡dejad vivir! (…)
Sólo soporte del amor
son nuestros cuerpos.”
TONTXU. Entiendes (Canción incluida en el CD: Se vende).
aunque pocos lo entiendan.
Tan simple como respirar.
No entiendes los colores,
el rosa o el azul,
los que lo imponen son tu cruz (…)
Y respetar y comprender
algo tan fácil de entender (…)
Y ya esta bien de confundir,
de no entender, ¡dejad vivir! (…)
Sólo soporte del amor
son nuestros cuerpos.”
TONTXU. Entiendes (Canción incluida en el CD: Se vende).
Yo entiendo, tu entiendes, él entiende, nosotras entendemos, vosotros entendéis, ellas entienden. ¡O no!, ¿quién sabe? Entender o no, ¿es esa es la cuestión? Entender la atracción, el deseo y ¿por qué no el amor?
Reconozco que éste es el término con el que siempre me he sentido más cómodo. Quizás por su propia ambigüedad, quizás por su secretismo (no el secreto como dolor, sino como el placer de pertenecer a una especie de grupo iniciático muy especial) o simplemente porque equivaldría únicamente a un gusto y no a una identidad y, por tanto, como característica o cualidad y no como categoría, puede decir que entiende desde la loca hasta el supergay, del oso al depilado, del católico al amante del fist-fucking, del casado al reivindicativo,…
Todos entendemos, unos de fútbol, otros de geología,… Yo entiendo de hombres (y de pintura, de albañilería,...). Es por eso por lo que no puedo definir mi identidad únicamente por mi deseo erótico-sexual. Soy demasiadas cosas para resumirme-definirme como una sola.
¿Qué si prefiero carne o pescado? Carne, por supuesto, pero también me gustan los caracoles, las patatas fritas,… ¿Por qué necesitamos clasificar? La vida no es blanco o negro, rosa o azul,… Me entristezco al verme reducido a una categoría (homosexual), pero soy consciente que gracias a esta pertenencia a un grupo y a un asociacionismo como grupo, como identidad sexual, he podido contraer matrimonio (con los mismos derechos y deberes que los demás). Resulta extraño saber que si bien nuestra diferencia no es una identidad sino una simple cualidad (desear a alguien del mismo sexo), sin identidad no podría vivir lo que vivo.
Debemos, no obstante, tener cuidado con la categorización de algo tan sencillo como el deseo. Está condenado de antemano a la marginación pues, si bien como grupo social puede conseguir derechos y reconocimientos, fácilmente caerá en la creación de grupos, de guettos aislados, diferenciados de los demás, con sus propias costumbres y normas. Aunque esté tan de moda la multiculturalidad, la sociedad multiétnica, multirreligiosa, etc., creo sinceramente que es un grave error potenciar de este modo la diferencia (diferencia exclusivista).
Yo no soy diferente a los demás, soy bueno y soy malo, soy egoísta y soy generoso, soy todo y soy nada. ¿Que me atraen las personas de mi mismo sexo? ¿Que me gustan las judías con chorizo? ¿Que no me gusta el fútbol? ¿Que me gusta pintar?.... ¿y qué? Son solo gustos, únicamente cualidades que en su conjunto me definen pero que en realidad no son diferencias sino semejanzas (a unos en un caso, a otros en el siguiente,…).
27/9/09
17/9/09
Miradas desde el dibujo y la fotografía al arte de la belleza clásica.
Instituto Alicantino de Cultura «Juan Gil-Albert».
Casa Bardin, calle San Fernando, 44, de Alicante.
Julio/Octubre 2009.
Exposición con las obras premiadas y seleccionadas en el concurso Miradas desde el dibujo y la fotografía al arte de la belleza clásica, que fue realizado como complemento a los actos paralelos que tendrán lugar en Alicante con motivo de la gran exposición que acogerá el museo arqueológico de la ciudad, el MARQ, perteneciente a la Diputación Provincial, sobre la belleza griega, exposición en la que podrán contemplarse piezas como el discóbolo de Mirón.
Casa Bardin, calle San Fernando, 44, de Alicante.
Julio/Octubre 2009.
Exposición con las obras premiadas y seleccionadas en el concurso Miradas desde el dibujo y la fotografía al arte de la belleza clásica, que fue realizado como complemento a los actos paralelos que tendrán lugar en Alicante con motivo de la gran exposición que acogerá el museo arqueológico de la ciudad, el MARQ, perteneciente a la Diputación Provincial, sobre la belleza griega, exposición en la que podrán contemplarse piezas como el discóbolo de Mirón.
Perfil órfico.
Todo comienza con la contemplación de una radiografía digital de huesos propios (nariz). La belleza de este perfil griego en el que se superponían piel, carne y hueso a través de positivos y negativos. Luces y sombras que me devolvieron a un héroe mitológico que investigué en mi época de estudiante.
Orfeo no sólo era un maravilloso cantor que, al son de su citara, amansaba fieras, calmaba tempestades y vencía a las cantoras sirenas. Orfeo es también un chamán (sanador y adivino que desciende a los infiernos para rescatar a su esposa) fundador de misterios en los que se unían dos tendencias enfrentadas: la orgía dionisiaca y la katharsis apolínea.
Me sirvo de Orfeo como referente de fusión de dos corrientes que no son tan antagónicas como en un principio se plantean: el Clasicismo, el arte de Apolo (claridad, simplicidad, racionalidad, armonía, moderación,…) y el Romanticismo, perteneciente a Dionisos (fusión del hombre en la naturaleza, éxtasis, inspiración, interioridad,…).
Ambas se alían y complementan como el día y la noche, como la vida y la muerte.
Orfeo no sólo era un maravilloso cantor que, al son de su citara, amansaba fieras, calmaba tempestades y vencía a las cantoras sirenas. Orfeo es también un chamán (sanador y adivino que desciende a los infiernos para rescatar a su esposa) fundador de misterios en los que se unían dos tendencias enfrentadas: la orgía dionisiaca y la katharsis apolínea.
Me sirvo de Orfeo como referente de fusión de dos corrientes que no son tan antagónicas como en un principio se plantean: el Clasicismo, el arte de Apolo (claridad, simplicidad, racionalidad, armonía, moderación,…) y el Romanticismo, perteneciente a Dionisos (fusión del hombre en la naturaleza, éxtasis, inspiración, interioridad,…).
Ambas se alían y complementan como el día y la noche, como la vida y la muerte.
Arte y genitalidad.
El cuerpo es rico en asociaciones y cuando se convierte en arte, esas asociaciones no se pierden por completo, no pueden quedar ocultas. Es imposible que un desnudo no despierte en el espectador algún vestigio de sentimiento erótico y/o sexual. No podemos evitarlo, mientras exista ropa, mientas halla pudor… también habrá tentación y deseo. El cuerpo humano desnudo es en sí mismo un objeto en el que la vista se detiene con agrado y que nos complace ver representado.
En un desnudo integral masculino, a diferencia del femenino, los genitales son más que visibles y cobran un protagonismo desproporcionado aunque ni siquiera se muestren en erección. El arte occidental nunca ha llegado a una convención satisfactoria sobre el modo de tratarlos. Desde los griegos y el clasicismo, que optaron por reducir su tamaño con relación al cuerpo, los genitales han sido exiliados, desdibujados, o bien han quedado ocultos tras estudiadas poses, zonas de penumbra, estratégicas telas o convencionales hojas de parra,… que solo acentuaban el hecho de ocultar algo, en lugar de conseguir que pasara desapercibido.
Hoy en día los espectáculos de striptease se han normalizado (incluso los masculinos) e Internet ha liberado el impulso exhibicionista de los internautas (especialmente entre los varones). Las imágenes de hombres que voluntariamente muestran su genitalidad hace que cualquier posible impacto, escándalo o trasgresión a través del sexo quede desterrado del panorama artístico actual.
No es necesario mostrar enormes penes erectos para hablar de sexo. La exageración y el escándalo solo contribuyen a mitificar su artificialidad. El sexo no es algo ajeno a nosotros, forma parte de nuestro cuerpo, de nuestra vida. No es algo oscuro y terrible pero tampoco es el centro de nada.
El sexo está en la mirada del observador. No es necesario mostrar genitales para hacerlo presente, pero si es necesario mostrarlos para naturalizarlos.
En un desnudo integral masculino, a diferencia del femenino, los genitales son más que visibles y cobran un protagonismo desproporcionado aunque ni siquiera se muestren en erección. El arte occidental nunca ha llegado a una convención satisfactoria sobre el modo de tratarlos. Desde los griegos y el clasicismo, que optaron por reducir su tamaño con relación al cuerpo, los genitales han sido exiliados, desdibujados, o bien han quedado ocultos tras estudiadas poses, zonas de penumbra, estratégicas telas o convencionales hojas de parra,… que solo acentuaban el hecho de ocultar algo, en lugar de conseguir que pasara desapercibido.
Hoy en día los espectáculos de striptease se han normalizado (incluso los masculinos) e Internet ha liberado el impulso exhibicionista de los internautas (especialmente entre los varones). Las imágenes de hombres que voluntariamente muestran su genitalidad hace que cualquier posible impacto, escándalo o trasgresión a través del sexo quede desterrado del panorama artístico actual.
No es necesario mostrar enormes penes erectos para hablar de sexo. La exageración y el escándalo solo contribuyen a mitificar su artificialidad. El sexo no es algo ajeno a nosotros, forma parte de nuestro cuerpo, de nuestra vida. No es algo oscuro y terrible pero tampoco es el centro de nada.
El sexo está en la mirada del observador. No es necesario mostrar genitales para hacerlo presente, pero si es necesario mostrarlos para naturalizarlos.
15/9/09
La belleza del cuerpo.
El cuerpo humano es una imagen social. Las sociedades tradicionales se basan en la idea de un precedente recibido de los padres y de un proyecto a transmitir a los hijos: el presente no existe. El sacrificio o renuncia a la vida en función de lo venidero es la norma. En contraposición, en los sistemas temporales no existe renuncia alguna.
En la sociedad contemporánea ambos sistemas cohabitan en un permanente conflicto. De ahí que el cuerpo pueda ser bien medio o instrumento, bien objetivo o fin. Cuerpo como máquina de hueso y carne, como fuerza productiva obediente y rentable, frente al actual proceso de egotización de la vivencia corporal. Narcisismo controlado por un sistema que lo modela como objeto de consumo en función de unos cánones de juventud y belleza.
Ya no se desprecia el saco de piel que encierra el alma como prisión. Ahora se estira en busca de una eterna juventud. La sumisión del cuerpo se ha transformado en una sumisión al cuerpo, en un ritual de culto, adoración e incluso de transformaciones en busca de la imagen perfecta.
La belleza también responde a un ideario social pero está llena de subjetividades (gusto, agrado, deseo y atracción). La belleza que pinto y muestro va más allá de la edad, la moda, el gimnasio, los anabolizantes y la silicona. Será pues el espectador quien determine o no, en función de sus modelos o preferencias, si este es el buen cuerpo o es el malo, si es demasiado o no lo bastante.
Mostrar cuerpos anoréxicos u obesos para criticar los modelos corporales que marca la sociedad no plantea solución alguna. Son situaciones extremas que critican el exceso, no los modelos. Más interesante resulta exhibir la hermosura de un cuerpo no prototípico. Si llegamos a apreciar la belleza fuera de los cánones actuales de juventud y tallas, estaremos más cerca de la solución.
En la sociedad contemporánea ambos sistemas cohabitan en un permanente conflicto. De ahí que el cuerpo pueda ser bien medio o instrumento, bien objetivo o fin. Cuerpo como máquina de hueso y carne, como fuerza productiva obediente y rentable, frente al actual proceso de egotización de la vivencia corporal. Narcisismo controlado por un sistema que lo modela como objeto de consumo en función de unos cánones de juventud y belleza.
Ya no se desprecia el saco de piel que encierra el alma como prisión. Ahora se estira en busca de una eterna juventud. La sumisión del cuerpo se ha transformado en una sumisión al cuerpo, en un ritual de culto, adoración e incluso de transformaciones en busca de la imagen perfecta.
La belleza también responde a un ideario social pero está llena de subjetividades (gusto, agrado, deseo y atracción). La belleza que pinto y muestro va más allá de la edad, la moda, el gimnasio, los anabolizantes y la silicona. Será pues el espectador quien determine o no, en función de sus modelos o preferencias, si este es el buen cuerpo o es el malo, si es demasiado o no lo bastante.
Mostrar cuerpos anoréxicos u obesos para criticar los modelos corporales que marca la sociedad no plantea solución alguna. Son situaciones extremas que critican el exceso, no los modelos. Más interesante resulta exhibir la hermosura de un cuerpo no prototípico. Si llegamos a apreciar la belleza fuera de los cánones actuales de juventud y tallas, estaremos más cerca de la solución.
Orfeo (1996).
Orfeo es un título que se ha ido repitiendo en mi trayectoria artística (especialmente en los comienzos) por diferentes motivos.
Inicié una serie de fotografías sobre mí mismo, proyectando una serie de diapositivas sobre mi cuerpo, sobre mi rostro. No había nada prefijado. Se trataba de un juego de duplicidad: modelo y fotógrafo, objeto y sujeto, sujeto y cámara. Me encontraba delante de la cámara y, a la vez, tras ella e iba realizando una serie de fotografías imaginarias que adivinaba, que intuía.
La oscuridad me envuelve. La luz del proyector -cálida y tenue- provoca no obstante una dura sombra sobre la loneta blanca que me sirve de fondo. Descubro mi sombra y con ella mi cuerpo.
La imagen de la diapositiva se deposita sobre mi piel, siento como me tatúa, como recorre las diferentes partes de mi cuerpo. A medida que avanzo, retrocedo, giro,… la imagen se deforma, sigue mis curvas, mi pecho, mi espalda,… Todo mi cuerpo le pertenece. La imagen proyectada es mi dueña. Le pertenezco como el camaleón al espacio que le envuelve y protege.
Abandono la realidad y poco a poco me transformo en imagen. Me dejo llevar, envuelto por la magia y el misterio, apreto el puño contra mi pecho y consigo gritar.
Inicié una serie de fotografías sobre mí mismo, proyectando una serie de diapositivas sobre mi cuerpo, sobre mi rostro. No había nada prefijado. Se trataba de un juego de duplicidad: modelo y fotógrafo, objeto y sujeto, sujeto y cámara. Me encontraba delante de la cámara y, a la vez, tras ella e iba realizando una serie de fotografías imaginarias que adivinaba, que intuía.
La oscuridad me envuelve. La luz del proyector -cálida y tenue- provoca no obstante una dura sombra sobre la loneta blanca que me sirve de fondo. Descubro mi sombra y con ella mi cuerpo.
La imagen de la diapositiva se deposita sobre mi piel, siento como me tatúa, como recorre las diferentes partes de mi cuerpo. A medida que avanzo, retrocedo, giro,… la imagen se deforma, sigue mis curvas, mi pecho, mi espalda,… Todo mi cuerpo le pertenece. La imagen proyectada es mi dueña. Le pertenezco como el camaleón al espacio que le envuelve y protege.
Abandono la realidad y poco a poco me transformo en imagen. Me dejo llevar, envuelto por la magia y el misterio, apreto el puño contra mi pecho y consigo gritar.
La creación-aceptación del armario conlleva una serie de dualidades enfrentadas e incluso contradictorias. “Macho” de día y “marica” de noche. Dos realidades condenadas a simultanearse en función de cada situación, de cada contexto.
Unidad y fragmentación, ser único y a la vez plural, delante de la cámara y, a la vez, tras ella. Enfrentamiento de imágenes: una imagen social, luminosa, que es proyectada y queda adherida al cuerpo desnudo, enmascarando el deseo prohibido.
Doble imagen hacia el exterior como dualismo de mi mismo ser. Doble imagen hacia el interior como sentimientos contradictorios. La comodidad del armario (que nada cambie) y el deseo de salida, de apertura (que todo cambie).
La soledad y el silencio frente al placer del secreto.
"Grito de frustación… grito de placer"
Serie fotográfica de 1996: Orfeo.
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fotografía,
retrovisor
14/9/09
Hubert: Mi marido.
Hubert. 2003. 50x160cm.
Hubert (A la sombra del granado). 2006. 105x105cm.
Hubert (Reflexion). 2008. 100x81cm.
Hubert (El albornoz azul). 2008. 195x114cm
Hubert (El albornoz azul II). 2009. 130X195cm.
Hubert (El albornoz azul III). 2009. 100X122cm.
Hubert (El albornoz azul III). 2009. Detalle
Hubert (El albornoz azul III). 2009. Proceso.
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